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miércoles, 27 de julio de 2011

EL SOLDADO AGRICULTOR




Su nombre era Lucio [Lucius Junius Moderatus Columela] y servía como soldado romano, aunque su verdadero origen era español, quizá de la "Bética" Cádiz, durante la ocupación romana de los años 60 o 70 d. C.

En Cádiz hay un monumento en su nombre con la inscripción “príncipe de los escritores de agricultura”. Sus obras sobre jardinería, cultivos y especies vegetales del campo han sido durante siglos algunos de los más apreciados escritos de referencia.

De entre sus extensas obras destaca el [Rustica Arboribus] Líber de Arboribus –Libro de los árboles- .

También es muy codiciada por los coleccionistas la Res rustica –un trabajo de campo sobre la Labranza y las labores de la agricultura-, una colección compuesta de 12 libros. En el libro quinto se cita el viejo proverbio que dice que:


“quien labra el olivar, le está pidiendo el fruto; quien lo estercola [o abona], se lo está suplicando; y quien abate sus ramas [podándolas], le fuerza a que se lo dé".

Luego señala: "No es raro [...] que algunos árboles, incluso estando lozanos, no den fruto. A éstos va bien taladrarlos con el taladro gálico y, hecho esto, meter en el agujero una estaca verde de acebuche, ajustándola bien. De este modo, como penetrado por la planta fecunda, el árbol se volverá más fértil".

El libro se puede encontrar en la base de datos española con el ISBN 13: 978-84-249-2742-4

En la práctica del injerto de acebuche [olivo silvestre] sobre una rama de olivo de huerto o cultivo, se empleaba una herramienta llamada el taladro gálico

Este tipo de berbiquí ofrecía la gran ventaja de que el orificio practicado al árbol era perfectamente lijado y romo por su interior sin astillas o virutas que pudieran obstaculizar insertar la rama.
¿Por qué se injertaba una rama de una especie salvaje y arbustiva que había crecido espontáneamente en cualquier parte sobre un árbol criado en un huerto?
Normalmente los olivos no se podan nunca, entre otras razones, para evitar la pérdida de sus frutos, se practican en cambio ciertos recortes o pinzados de vaciado y formación. Pero en el caso de que una rama estuviese desgajada o enferma, se practicaba el corte oblicuo de la poda severa.
El injerto de acebuche tiraría de la savia de esa rama retraída durante el trauma del corte para hacerla trabajar y que diera su fruto.

Uno de los 14 libros y cartas escritas por el apóstol Pablo fue su carta a los cristianos de Roma durante la primera era. En el capítulo 11 se menciona la costumbre de injertar el acebuche sobre un olivo de cultivo.
En este caso la práctica común de arboristería sirvió para ilustrar cómo la nación judía había perdido su hegemonía de pueblo escogido [el olivo de huerto] debido a que habían rechazado y asesinado al propio Mesías para dar paso a las naciones extranjeras [el acebuche] para que abrazaran el cristianismo genuino y pudieran dar su propio fruto.




sábado, 25 de septiembre de 2010

EL ANTICUARIO DE GRENOBLE



El anticuario de Grenoble

No sabría decir a qué es debido, quizá al fuerte olor del limpiador de metales, al tejido de los tapices, la escasa luz o el misterio que envuelve los objetos que pertenecieron en vida a otras personas. Una tienda de antigüedades siempre me conduce de puntillas hasta el umbral de un mundo de figuras extrañas y de ambientes espesos y dubitativos. Todos sus elementos, parece que me miran o suscitan en mi el interés por mirarlos con cierta fascinación.

Visité uno de estos establecimientos en el barrio gótico, su dueño afirmaba poseer objetos rescatados del Titanic, efectos personales de sus pasajeros. Por supuesto no era cierto, pero su circo mantenía el clímax de la ilusión. Nunca me han gustado los circos, pero debo reconocer que enseguida me dejo seducir por las ilusiones.

Del techo colgaban unos calentadores de cobre para las camas, lámparas de aceite o títeres de porcelana. En las estanterías había toda clase de objetos que ya nadie utilizaría hoy, salvo como elementos decorativos. Eran artículos que en otro tiempo se consideraban un lujo. Sostuve en las manos un tomavistas de manivela que todavía conservaba en su interior una película de 8mm sin ser revelada, me pregunté quienes serían sus anónimos personajes. No pude evitar mirar a través de su lente y sentir como un salto en el tiempo, un retroceso que me inducía a imaginar todo lo que aquel objetivo habría capturado, instantes impertérritos que sobrevivirían a su tiempo. Quizá una mujer solitaria en la playa, con un pañuelo de gasa fina aventado por el aire del atardecer o un niño jugando con su aro entre las fuentes de un parque donde revolotean las palomas o podrían ser las imágenes de un safari en el que el cazador observa a distancia una manada de rinocerontes miopes, ¿quién sabe?

En la Rue Blériot se encontraba Behemot, una polvorienta y desgastada tienda de antigüedades que lucía en la fachada un hipopótamo flotando entre exóticos juncos y papiros. En una ciudad como Grenoble, con más de dos mil años de antigüedad, un negocio así podía fundirse con el paisaje, un friso de fachadas centenarias refrescadas por la brisa de las cumbres alpinas. En la misma calle se hallaba una tienda de guantes Dauphiné regentada por madame Jeannette y a casi quinientos metros de altura La Bastilla, una fortaleza defensiva que ahora solo se defendía de los turistas y sus habituales desperdicios y envoltorios abandonados.

Adrien guardaba una caja de fotos oculta debajo del mostrador, la caja de madera tenía una etiqueta, a modo de archivo, en la que se podía leer: Fotos besadas.

Fotos que se han besado, que alguien besó alguna vez por algún motivo.

El secreto de esas fotos eran los sentimientos que evocaban en él, adioses, abrazos y lágrimas. Lo mismo que sintió cuando se fue Beth, la única mujer que hubo en su vida, las otras eran como los adornos de su tienda, unos viejos recuerdos o antigüedades.

Se sintió impulsado a ojear de nuevo su caja de fotos, pero nunca lo hacía a estas horas, no mientras la tienda estuviera abierta. La deslizó un momento de su escondite hasta leer la etiqueta y entonces se oyó la campanilla de la puerta. ¿Un cliente?.

Un molesto y curioso hombre de tosco aspecto, que no sabía lo que quería, que probablemente no tenía una idea ni siquiera aproximada de los que buscaba en una tienda así, comenzó a tocarlo todo y a ponerle nervioso.

-¿Puedo ayudarle-

-Ce n´est pas necessarie, Monsieur-

Parecía que quería buscar por él mismo sin ser molestado. Se giró sobre sí en el estrecho pasillo y golpeó con el codo una delicada figura a la que decapitó. Mientras se aseguraba de no ser visto intentó reponer la cabeza en su lugar, pero ahora no encajaba y la dejó en una forma poco ortodoxa pero que parecía sostenerse. Se detuvo sobre unos soldados de plomo de diez centímetros –seguro que estos no se rompían- y el precio parecía barato.

-Combien ça coute?-

-Veinte francos, señor, más la figura que ha roto 520fr.

El cliente, un perturbado mental, se puso furioso y le golpeó en la cara, después le lanzó los soldados de plomo. Mientras Adrien se agachaba sangrando, miles de fragmentos de cristal de bohemia, porcelana china y otros artículos de valor se hacían añicos, el cliente armado con un bastón de empuñadura de plata en forma de pato, golpeó todo lo que podía alcanzar a su antojo y luego lanzó el bastón lo más lejos que pudo, hasta el fondo del establecimiento antes de irse.

No era lo que había pasado, era más bien que Adrien estaba cansado. Se encontraba sumido en un profundo y asfixiante aburrimiento en el que su rutina le estaba aplastando. No tenía nada, no tenía una esposa que le amara, ni hijos, ni padres, ni siquiera un perro; solamente una antigua tienda en una antigua ciudad. No fue tampoco por el incidente que le partió la nariz, era por todo lo demás que no tenía que ver con Behemot ni sus adormecidas ilusiones. Llevaba toda su vida esperando algo, quizá algo que cambiara su vida o se pareciera a un milagro.

Esa noche, antes de dormir volvió a su lectura preferida, el libro de los Proverbios, eran textos que le reconfortaban y le ayudaban a conciliar el sueño. Sus ojos cansados se detuvieron en el Proverbio trece, verso doce: “La espera prolongada, enferma el corazón

Quizá todo lo que le pasaba era esto, que estaba enfermo de tanto esperar.

Al día siguiente puso la tienda en venta, Tardó cuatro meses en deshacerse de hasta la última pieza de su negocio, pero con el dinero que había reunido pudo comprar una máquina de fotos, dos maletas y un billete para Brooklyn.

La tienda se convirtió poco después en una sucursal del Banque Populaire dos Alpes.

Madame Jeannette le advirtió una y otra vez que se equivocaba, que se trataba de una aventura sin sentido…, lo cierto es que no estaba siendo sincera con sus propios sentimientos, ella sencillamente, se estaba preguntando como sería su vida a partir de ahora, cómo podría vivir sin verle cada mañana, sin tenerle cerca. A pesar de ello le compró la mayor parte del mobiliario y muchos objetos antiguos. Sin darse cuenta había redecorado su tienda de guantes con toda suerte de recuerdos sobre él, cada uno de ellos era una parte de Adrien y ella lo sufriría en silencio.

Cuando Adrien vio por primera vez la estatua de la libertad, acudió a su mente el musical “Un Americano en Paris”, aunque el caso es que era más bien al revés, puesto que el francés era él.

En su primer día en la ciudad le habían perdido el equipaje, robado sus ahorros al bajar de un taxi y mostrado la dureza de la hospitalidad de los suburbios. Pudo proteger su cámara intacta y con lo poco que le quedaba pagó una semana de pensión en un destartalado edificio de ladrillo rojo cerca de la bahía Upper.

Solo hacía fotografías, no almorzaba ni cenaba, apenas comía algo, solo fotografías que reflejaban diferentes emociones, alegría, tristeza, pasión, desorientación o pérdida. Cada una de esas imágenes le devolvía su mirada interior reflejada en el espejo de un charco de agua sucia.

Cuando no pudo continuar pagando el alquiler invadió el espacio privado de una factoría de cereales abandonada, ocupó un pequeño reducto que anteriormente había sido un despacho de facturación y en él instaló su improvisado taller de revelado.

Durante esa misma semana descubrió que no estaba solo, un perro abandonado también vivía allí, se hicieron amigos y mantuvieron largas conversaciones, le llamó Jacques.

Con las fotos que vendía podía comprar algunos materiales y pagarse un perrito caliente de ochenta centavos y algo para Jacques.

Cada día que pasaba se sentía más lejos de sus sueños, había perdido peso y en sus ojos se empezaban a dibujar los carboncillos de la tristeza. Caminó esa noche por Plymouth Street antes de irse a dormir, la piedra caliza del puente de Brooklyn se recortaba entre un firmamento casi azul de estrellas pintadas con tiza.

Mientras observaba el cielo pensó en que había cambiado el hastío de Grenoble por la miseria de Brookyn, ¿qué era mejor, qué era peor?, no podía encontrar la respuesta y la sensación de haberse equivocado aumentaba haciéndose cada vez más presente. Por un instante recordó la insistencia de madame Jeannette y lo absurdo de este viaje.

Hoy se sentía especialmente débil y abatido, casi tanto como la vez que estuvo a punto de morir congelado en el lago de Monteynard intentando huir de su propia y asfixiante monotonía. Jaques le seguía a todas partes, era un amigo fiel, su compañía era lo único bueno que le había ocurrido en América.

La carpeta en la que cargaba con sus fotografías cayó estrepitosamente al suelo y todo su trabajo de meses revoloteaba sin rumbo por todos los rincones de la calle Plymouth. Una de aquellas instantáneas se detuvo a los pies de un hombre de pelo canoso, jersey de cachemir y americana gruesa de cuadros tostados. La recogió y la estuvo mirando fijamente, alejándola y acercándola en silencio.

Pasó un buen rato hasta que Adrien terminó de recoger todo de nuevo en su carpeta. Jacques estaba como loco pensando que se trataba de un juego, pero no lo era.

El hombre del cachemir venía hasta él con la última fotografía en la mano, Adrien sostuvo a Jaques para que no se abalanzara sobre su costosa americana Burberrys:

-Esta foto, ¿es tuya?

-Sí, señor

-¿Tienes más fotografías como esta?

Adrien, simplemente abrió su destartalada carpeta, todo estaba en desorden y muchas fotografías se habían ensuciado. El hombre del cachemir las miraba una a una con cierta avidez:

-Quiero comprárselas todas, ponga un precio-

Adrien se estaba mareando ¿qué es lo que estaba pasando, se trataba de una broma? Pensó en un precio con el que pudiera comer algo diferente a los perritos calientes y miró a Jaques tumbado jadeante en el suelo.

-Se las vendo por diez dólares.

El desconocido le miró con un atisbo de sonrisa:

-Le daré 40 dólares, ¿le parece bien?

-Me parece perfecto, monsieur.

Mientras le lanzaba un guiño a Jaques, el extraño buscó en sus bolsillos, le dio el dinero y una tarjeta:

-¿Podría venir a verme mañana a esta dirección?. Tenga, cómprese algo de ropa, y le dio 30 dólares más. –le espero a las diez, por favor, no llegue tarde.

El hombre se fue por donde había venido, pero todo lo demás había cambiado, Adrien tenía algo de dinero y una entrevista de trabajo. Miró detenidamente la tarjeta:

Daily Eagle

Edward Thompson

Editor in Chief

Esa noche entró en un bazar Paquistaní y compró la cena y diversos instrumentos de aseo, después en la gasolinera adquirió unos pantalones azules, una camisa clara y un pullover gris con cuello en pico, también unos zapatos sencillos del número 42.

Le costó mucho conciliar el sueño y se levantó a las siete. El ritual de higiene, esa mañana sería completo, se recortó el pelo, se cepilló los dientes, se afeitó y aseó a conciencia, después se vistió con su nueva ropa, excepto el abrigo, que era el de siempre. Jacques necesitó continuar olisqueándole para asegurarse de que era él, a pesar de que hoy olía raro, olía a limpio.

El Daily Eagle se encontraba a más de media hora de camino en dirección a Brooklyn Bridge. No necesitaría ningún transporte público para llegar a la hora acordada puesto que se encontraba relativamente cerca.

Adrien inició su marcha en dirección a su futuro, su aspecto a excepción del abrigo era impecable, no podía evitar parecer algo francés, quizá era su pelo, el vendedor de hotdogs no le reconoció. Todavía le quedaba dinero para un café, pero era mejor administrarlo con precaución en vista de las carencias que había sufrido últimamente; esta era una lección aprendida.

Dos meses después.

Madame Jeannette recibía una postal de Estados Unidos, Adrien estaba bien, tenía un trabajo muy creativo como fotógrafo de un reputado periódico de Brooklyn, también se disculpaba por no escribir antes y luego le ofrecía una invitación para visitarle en su nuevo apartamento con vistas a la bahía.

Jeannette nunca había salido de Grenoble y le horrorizaba la idea de volar, pero recordó el proverbio de Adrien sobre que esperar o estar toda la vida esperando nos enferma el corazón y después de pensar en ello varias veces, colgó el cartel de cerrado por vacaciones. Le parecía que estaba cometiendo un sacrilegio, pero lo hizo; subió a un avión.

Las calles de Brooklyn por la mañana son como las calles de cualquier otra ciudad, persianas que se abren, personas que bostezan, vagabundos que arrastran sus cansados pies, rutinas y costumbres que tímidamente despiertan para recibir la luz de un nuevo amanecer.

Donovan conducía su camión isotérmico como cada mañana, pero hoy se sentía especialmente cansado, sus hijos, George y Jenny de nueve y ocho años respectivamente, tenían la gripe y mientras su esposa se ocupaba del pequeño Ron, él, había pasado casi toda la noche sin dormir sentado en una pequeña butaca de estampados Disney. Se estaba frotando los ojos cuando el semáforo cambió inesperadamente de verde a rojo mientras un hombre cruzaba el paso con su perro.

Por primera vez en su vida madame Jeannette había sido espontánea, casi impulsiva aceptando la invitación de Adrien. El avión aterrizaría en el JFK a las 13:00h, pero Adrien no estaba allí como le había prometido. Después de una larga espera, Jeannette mostró a un taxista una dirección anotada en el remite de una postal. Casi dos horas después se encontraba delante del apartamento de Adrien, pero aunque ya había llamado hasta cuatro veces, allí no había nadie. Por un momento pensó que todo había sido un error, lo de venir y todo lo demás, aunque luego le pareció mejor ser paciente y se sentó en los escalones del portal. La calle estaba jalonada de verdes árboles y verjas que conducían a los sótanos de unos edificios de ladrillos rojizos cocidos hace más de un siglo.

La gente le miraba al pasar, era evidente por su aspecto europeo y su maleta que, o bien se había perdido o se había equivocado. Un perro de la calle se le acercó procurando una caricia y ella se la ofreció, parecía un perro abandonado y sin embargo su pelo brillaba como si hoy mismo hubiera recibido un baño jabonoso.

-Veo que le caes bien a Jacques. Perdóname, pero un camión ha atropellado a un hombre y he tenido que ir urgentemente a fotografiarlo todo para el periódico.

Cuando Jeannette vio a Adrien se sintió emocionada, nunca se había alegrado tanto de ver a alguien y bajó aquellas tristes escaleras de dos zancadas hasta aterrizar en sus brazos, todo lo demás era obvio y no necesitaba explicación.

No hubo una primera vez con ella, nunca la hubo, pero el viento de Brooklyn arrastraba los aromas salinos de un mar tempestuoso y secretamente adormecido, un sueño que iba a despertar, que iba ha hacerlo ahora.

Adrien tenía razón, la espera le enfermaba, ella, ahora lo comprendía dentro de su inexplicable dimensión, pero hoy todos los minutos, días y años se habían fundido en ese intenso abrazo.

Jaques movió la cola muy contento y ladró una vez. Entraron en el apartamento, Jeannette le había cogido del brazo, nada le arrebataría ese momento. Mientras tanto la gente continuaba con sus cosas y una sutil brisa mecía los árboles en las calles de Brooklyn.

15 de septiembre de 2010

Corrección del francés: Franck Díaz

Corrección del inglés: Laurie Baughman

viernes, 24 de septiembre de 2010

LA ESPERA ENFERMA

“La expectación pospuesta [que se demora T. Gateway] enferma el corazón”.

Proverbios 13:12

¿El autor de la frase y su significado?

La frase tiene una antigüedad de más de 3.000 años y pertenece a uno de los mayores sabios de su tiempo; Salomón, hijo de David, quien gobernó en Israel durante 40 años [desde 1.037 hasta 998 a. E.C]. [1]

Su escrito fue incluido en el libro de los proverbios, de los cuales se conservan 894 versos. [año 717 a.E.C.].

En cuanto a la vida de este rey, los registros históricos muestran que se trataba de una persona fiel a sus creencias y coherente con sus principios, o al menos fue así durante una buena parte de su vida. Al inicio de su mandato, mientras todavía era solo un muchacho, Salomón se sintió inseguro ante la responsabilidad de gobernar una nación tan populosa, pero ya desde un principio demostró algunas cualidades con las que se ganó el respeto y el afecto de sus súbditos. Debido a su buena actitud y fidelidad, se le concedió un deseo. [2]

Cualquier persona en su lugar habría pedido fama, riquezas o poder. En cambio Salomón escogió –“un corazón obediente”- un equivalente de la sabiduría; este acto de humildad agradó tanto a Dios que, además de sabiduría le capacitó también con las otras cosas que no había solicitado. [3]

Desde ese momento las noticias sobre la sabiduría y prosperidad de Salomón se difundieron hasta otros países más distantes. La propia reina de Seba [actual Etiopia] quedó profundamente impresionada, durante su visita al palacio reconoció que todo lo que había visto superaba notoriamente sus propias expectativas. [4]

De todos los pueblos venía la gente hasta Jerusalén para oír las sabias palabras de Salomón. [7]

El rey podía recitar 3.000 proverbios, había compuesto 1.005 canciones y sus conocimientos sobre la naturaleza y el medioambiente no se habían relatado antes en ningún otro lugar. Su sabiduría quedaba reflejada por la manera en que dirigía a su pueblo. [5] [6]

Todavía hoy se dice que una decisión es Salomónica cuando algo se divide en dos partes equitativas. La frase corresponde a un juicio en el que dos mujeres aseguraban ser las madres biológicas del mismo niño. Ante la insistencia de las supuestas madres, Salomón propone que el bebé sea cortado en dos y ofrece cada mitad a cada una de las mujeres. La verdadera madre queda al descubierto cuando renuncia a su parte con tal de que el niño se salve.

Hacia el final de sus días, el sabio rey Salomón efectúa una mirada retrospectiva de su vida, después de meditar profundamente en ello reconoce que pese a tener todo “lo que sus ojos podían desear”, en realidad todo ello carecía de verdadero valor y que esforzarse por conseguir esas cosas era como perseguir al viento.

Salomón llegó a disfrutar de la compañía de 700 esposas y 300 concubinas, su pasión por los caballos le condujo a poseer 4.000 establos y miles de jinetes y carruajes, amasó una gran fortuna de oro con la que construyó un suntuoso palacio -el trono mismo era de marfil revestido de oro puro- y erigió un templo a su Dios con toda clase de materiales nobles que además de costosos eran muy difíciles de conseguir en aquella época. [8] Sin embargo, con el tiempo, al referirse a su fortuna y pertenencias personales, manifestó que todas estas cosas habían carecido de valor para él y que simplemente eran vanidad. [9], [10]

¿Qué podemos aprender de sus reflexiones?

La gente común concede mucha importancia a las posesiones materiales. La vida está llena de cosas que a pesar de que no son riquezas, prestigio o prosperidad, también pueden hacernos felices, Salomón había disfrutado de una existencia en la que no había carecido de nada, pero recomendó un estilo de vida sencillo.

El Proverbio 13 verso 12 es el que habla de la angustia que sentimos cuando nuestras expectativas no se cumple o cuando esperamos intensamente algo que parece que nunca llega.

Expectativas y decepciones

Cuanto más tratamos de seguir el ritmo acelerado de la vida moderna, más rezagados parece que estamos. Nuestras ocupaciones nos consumen de forma implacable mucho tiempo y energías, y cuando no hacemos lo que nos habíamos propuesto, nos sentimos como si nos hubiésemos fallado a nosotros mismos o a los demás.

Nuestras expectativas no siempre son realistas

Las promesas que no se realizan se convierten en expectativas frustradas, si estas no son razonables se convierten inexorablemente en decepciones.

Necesitamos mantener un equilibrio entre los que esperamos de los demás y lo que se espera de nosotros. Dicho de otro modo, mientras más cosas ofrezcamos, menos tiempo dedicaremos a esperar mucho de los demás. Lo que hacemos, o los motivos por lo que hacemos las cosas nunca deberían ser la espera de recompensas o reconocimientos. Una cualidad que puede ayudarnos ha evitar la decepción es el altruismo.

Significaría no esperar nada a cambio. Nuestra sociedad se ha vuelto demasiado egocentrista y cualquier buena obra o iniciativa –aparentemente desinteresada- parece que oculta algún propósito egoísta.

Cuando meditamos en como nos sentimos, cuando nuestras expectativas no se cumplen, entonces encontramos muchas razones para no fomentar falsas expectativas en los demás. Para que las relaciones funcionen necesitamos ser sinceros y confiables.

Es muy notable que en una persona que ha disfrutado de toda clase de lujos y excesos –no hay nada más que pensar en cómo sería la vida con tantas esposas y concubinas- que se sienta a pesar de todo vacío, esperando y enfermo de corazón.

Seguramente la plenitud de una persona no dependa de factores externos, sino de uno mismo, lo que hay en nuestro interior, un sentimiento íntimo que solo depende de nosotros.

Bibliografía:

[1] 1 Reyes 11:42. Salomón gobernó en Jerusalén durante 40 años.

[2] 1 Reyes 3: 7 Solo era un muchacho cuando comenzó a reinar.

[3] 1 Reyes 3: 5-14 Su petición fue tener un corazón obediente

1 Reyes 4: 29-30 Recibió sabiduría y entendimiento en medida sumamente grande.

[4] 1Reyes 10: 4-9 La reina de Seba queda muy impresionada de su visita a Salomón.

[5] 1Reyes 4: 32 Salomón podía recordar 3.000 proverbios y compuso 1.005 canciones.

[6] 1Reyes 4: 33 Tenía un vasto conocimiento de fauna, botánica y medioambiente.

[7] 1Reyes 4: 31,34 De todos los pueblos venían para oír de la sabiduría de Salomón.

[8] 1Reyes 11: 13 Llegó a tener 700 esposas y 300 concubinas.

[9] Eclesiastés 2: 10 Todo lo que sus ojos vieron lo obtuvo.

[10] Eclesiastés 2: 22,23 Todo era vanidad y un esforzarse tras el viento.

Indicios arqueológicos de las construcciones del rey Salomón.

http://www.libertaddigital.com/ciencia/encuentran-en-jerusalen-una-muralla-que-podria-ser-obra-del-rey-salomon-1276385532/

http://www.mfa.gov.il/MFAES/Facts%20About%20Israel/Arqueologia%20en%20Jerusalem

viernes, 11 de junio de 2010

LAS ARENAS DEL TIEMPO







Tengo la teoría de que el tiempo no es un simple vector lineal con un punto de partida y una flecha en su otro extremo, más bien me da la impresión de que el tiempo es una gran espiral que nos atrapa y nos conduce inexorablemente en el mismo sentido.
Por supuesto la idea carece de rigor científico, pero nuestros recuerdos parecen girar como la sombra de un reloj de sol en una pared desconchada o como la cola de un huracán fotografiado desde el Meteosat. Nuestro tiempo da vueltas y aunque creamos que lo que estamos viviendo hoy no volverá a repetirse, lo cierto es que todo vuelve como una caprichosa moda que ya habíamos abandonado.

Nuestro tiempo siempre se acaba. Como una gran espiral de círculos concéntricos, al final, el último de ellos de diámetro más pequeño, es el que ahoga nuestro último aliento. Y todo ello podría parecernos claustrofóbico si no fuera por todas las vueltas que aun nos quedan por dar, quizá un nuevo giro en nuestras vidas, nuevas oportunidades. En cualquier caso siempre ocurre algo en uno de sus círculos que hace que nos preguntemos si valió la pena.

La fantástica máquina del tiempo, lamentablemente solo existe en las películas; quizá el DeLorien de regreso al futuro o el Jacuzzi al pasado. Aún no se ha desarrollado la máquina que pueda transportarnos a un punto del pasado en el que cambiando algo logremos que nuestra vida presente sea distinta o más exitosa.
La realidad es que todo esto debemos hacerlo sobre la marcha, los círculos concéntricos son tan hipnóticos como nuestras decepciones. Es difícil creerlo ahora y en cambio es absolutamente preciso que aprendamos de nuestros errores por que en la próxima vuelta podemos experimentar algo parecido y necesitamos estar preparados.

El diseño de algunas plantas está repleto de evidencias, espirales que imitan la vía láctea abriéndose a la luz, rizomas y atractivas flores redondeadas como escaleras de caracol. Si nos aproximamos a ellas podemos apreciar que están dispuestas a confiar en nosotros y ofrecérnoslo todo. No se si alguna vez seremos capaces de imitarlas, de confiar y ofrecer o seguiremos pensando en que son hermosas, pero ingenuas.
Cada nueva vuelta en la vida nos hace más suspicaces, el tiempo se acaba como un ventilador desenchufado de la corriente cuya inercia mantiene a sus aspas girando cada vez más lentamente. Mientra llega el momento en que todo se detiene, quizá todavía estemos a tiempo de hacernos una última pregunta: ¿qué estamos haciendo con nuestras vidas?.

Posiblemente no sea necesario darle muchas vueltas.





jueves, 3 de junio de 2010

Fábula de la liebre que nunca quiso ser hormiga


Cerró la puerta y con ello, dejó atrás muchas otras cosas. Las calles húmedas y encharcadas reflejaban el paso decidido de un joven madrugador, se diría que sabía a dónde iba aunque lo cierto es que no era así, su prisa solo era por alejarse. Un camionero lo recogió de camino a Glorias, después de él fue el matrimonio Mérimée, dos afables ancianos de regreso a Montlieu. Esa noche dormiría en su saco acolchado bajo un firmamento tintineante de remotas estrellas; casi tan remotas como sus sueños.

En la fábrica solo era un número, operario 1470, sección 1400, taquilla 12, una hormiga que si levantaba la vista de la cinta transportadora, recibiría una amonestación. Varias amonestaciones después, una charla sobre virtudes y moralidad en el despacho del director; un recurso justificado para evitar la holgazanería y las consecuencias, por supuesto, afectarían el sueldo. Con el poco dinero que pudo reunir y dos mudas se alejó una lluviosa mañana de Barcelona. Al día siguiente volvió a mostrar su pulgar en dirección norte, tres semanas después había llegado a Escocia.

Edimburgo era una ciudad limpia y ordenada, sus habitantes apreciaban la música de su guitarra española y no le resultaba difícil reunir unas pocas libras para al menos una comida al día y un poco de merienda. Después trabajó de marinero limpiando ferrys hasta que finalmente sus pies le condujeron a los jardines de un castillo. Cuando era niño su padre le había dicho -aludiendo a su constante inquietud-, que tenía pies de liebre, antes de fallecer le hizo prometer que ocuparía su puesto, en la fábrica. Sin embargo, a menudo se sentía como una etiqueta enclavada en un mapa; a pesar de que en cierto modo se lo debía, no deseaba continuar el resto de su vida siendo el kilómetro 80.

Su padre escogió este estilo de vida por su pasión por la lectura, el turno era rotativo, pero cuando trabajaba de noche podía acumular hasta cinco días seguidos de descanso; cinco días para devorar alguno de los miles de libros que pululaban por toda la casa. Libros apilados sobre estantes, mesas y bibliotecas improvisadas. El espacio de los pasillos adelgazaba debido a las estanterías que hizo instalar desde el suelo hasta el techo. Consiguió trasmitir ese mismo sentimiento a su hijo quien a su vez había escrito dos libros, uno era una novela histórica y el otro un recopilatorio de relatos cortos, los pudo distribuir en varias docenas de editoriales, pero hasta el momento nadie mostraba suficiente interés por sus escritos.


Los jardines de Fountain Court en el recinto de Culzean Castle precisaban un cuidado constante, pero no podía compararse con la anodina tarea de una fábrica. El señor Walter McLean era el séptimo descendiente del personal de servicio bajo la tutela de los condes de Cassillis desde el siglo XVI.

En los trabajos de mantenimiento participaban otros muchachos de intercambio cultural entre los que se encontraba María, ella había venido desde Roma como paisajista. Sus manos eran delicadas con las plantas y sus movimientos suaves y femeninos, para él cada uno de sus sugerentes gestos contenía un mensaje cautivador. Veintiséis días después eran algo más que amigos y él por fin descubría cual era su lugar en el mundo, por fin lo supo, quizá era un romántico, un clásico. Pero una noche de octubre en la que María no pudo acudir a su encuentro debido a una repentina gripe, recibiría la visita de James, el hijo del panadero, un joven robusto, y apasionado. Sus visitas eran frecuentes y ella quedó muy pronto embarazada.

En la carretera M90 en dirección a Perth un camionero recogía a un joven con una mochila y una guitarra, después hizo lo mismo un vendedor de aspiradores y luego un grupo de hippies en una transporter decorada con margaritas.

El operario 1470 volvía a levantar la vista de la cinta donde ahora se acumulaban docenas de tornillos que caían al suelo sin cesar. Ni siquiera se molestó en recogerlos, se quitó los guantes y el delantal sin permiso y se fue. El motivo fue un mensaje corto a su teléfono móvil, solo una frase que decía “estamos muy interesados en publicar uno de sus libros”. Mientras atravesaba la sección 1400 ante la atónita mirada de un hormiguero de delantales azules recordó lo que siempre le había dicho su padre:


-hijo, cada día tiene sus propias preocupaciones-





CASA CON JARDIN


Sitges, mediados de 1976





Un coche al que llaman escarabajo se detiene en la calle España, las chicas son rubias y hablan un idioma parecido al alemán. A pocos metros, los camareros del Subur cuchichean algo sobre ellas, entre ambos hay cierta complicidad. Al instante el maître les interrumpe para recordarles cuales son sus obligaciones, después él mismo es quien se detiene a observarlas. Sus ojos son dos luces alargadas de escáner que comienza su lectura desde las zapatillas hasta culminar en las gomas de las coletas. Las chicas caminan entre veintenas de turistas ávidos de Sol hasta desvanecerse en un perfecto mimetismo con el paisaje de la calle. El mar, la arena, la paella, el flamenco, todo ello conforman la postal de un pintoresco souvenir.

Sitges continúa creciendo y lo que antes era el “Cap de la Vila”, ahora se ha convertido en un céntrico lugar de encuentro. Hacia el sur, en dirección al Terramar, una franja de casas coloniales construidas en otro tiempo por los indianos que regresaron de Cuba acoge a diversas familias burguesas y acomodadas. Esta parte del pueblo es conocida como el Vinyet. En una de sus calles flanqueadas por arbolado y baladres se encuentra una casa con nombre de mujer, yo no la conocí, una larga enfermedad se adueñó de su vida. En la casa flota todavía su recuerdo como una atmósfera sutil que lo impregna todo, su esposo no tocó ninguna de sus pertenencias, todo se encuentra en el mismo lugar: un cuadro inacabado, una blusa sobre la silla, un plantador de bulbos en el parterre.

Cuando contrató los servicios de jardinería insistió sobre todo en que se respetara el estilo que había iniciado su esposa, esta era la quinta empresa de conservadores en tres meses, también cambió al personal de mantenimiento de la piscina y de la pista de tenis, luego despidió al chofer por no haber limpiado su Bentley 1963; de este vehículo solo se habían producido 1.630 unidades, el suyo tenía todos los extras, incluido las briznas de césped en las alfombrillas. Cuando habló conmigo parecía un hombre angustiado, me atendió mirándome a los ojos, algo poco frecuente en personas de su mundo, magnates de negocios que no reparan en nimiedades. Estaba solo y me invitó a sentarme, después me preguntó si lo quería con hielo. Mientras tapaba la cubitera volvió a dirigirse a mí:

-¿alguna vez ha pensado en la muerte?

Su pregunta me obligaba ha pensara en ello..., yo solo pretendía detallar los pormenores de un presupuesto que no sería barato teniendo en cuenta las dimensiones y complejidad del jardín. Su frase almibarada de melancolía y media botella de escocés no pretendía una respuesta que no fuera sincera. Era como si el contrato de mantenimiento que le ofrecía dependiera de mi respuesta a esa pregunta.

-Pienso en ella todos los días-

Después de varios meses trabajando en su jardín, las conversaciones eran cada vez más profundas y desconcertantes, siempre los viernes a las siete de la tarde. Su esposa se fue sin dejarle descendencia, tenía familia en el estado de Illinois aunque nunca se preocupó por saber si estaban vivos.

Con el tiempo muchas de las reflexiones sobre su vida; una intensa biografía, se convirtieron en frases que anidaban en mi mente.

Una tarde de viernes, su silla estaba vacía, el Bentley reposaba solitario y la cocinera filipina me agradeció mi último servicio.

En poco tiempo el seto que recubría el perímetro de la casa se marchitó dejando al descubierto un jardín abandonado en el que el césped había alcanzado varios metros de altura y en la piscina agrietada fondeaba un manto de algas putrefactas. Solo cinco años después se construían en el mismo lugar ocho casas pareadas con jardín comunitario.

Mi cliente, el dueño del Bentley, no tenía herederos y falleció sin temor a la muerte, a lo único que tuvo miedo fue ha estar solo. De todas las cosas que me contó recuerdo una frase en la que me dijo que cambiaría toda su fortuna por un solo día con su esposa, por ella lo habría dado todo. Esa tarde comprendí que todo lo que me dijo era sincero.

Lo que hubo ENTRE NUESTRAS PLANTAS

Se conocieron una tarde de primavera mientras la abuela hacía limpieza en el patio. Un patio soleado desde el mediodía hasta el atardecer y rodeado de otras casas similares, también de dos plantas y un pequeño jardín. Nunca habían reparado antes el uno en el otro, el ficus y la petunia no se habían conocido, no habían tenido la oportunidad. Él estaba junto a la puerta y ella en el otro lado, rodeada de Clivias y Hortensias.

Aquella tarde todo cambió de sitio y sus macetas se rozaron, no hubo intención, simplemente pasó, pero la abuela se retiró para atender una llamada de teléfono y después ya no recordó por dónde debía continuar. El Ficus y la Petunia permanecieron juntos mucho tiempo, tuvieron largas conversaciones y comenzaron a conocerse. En la nevada del 62, él la protegió con sus ramas y evitó que se congelara, fue un invierno inolvidable que todavía recordaban, entre ellos surgió la chispa; algo más que amistad. Se sentían tan a gusto el uno al lado del otro que no se movieron de su sitio en aquel trozo de patio en la zona antigua de la ciudad.

Un domingo escucharon voces, la abuela estaba muy animada con la visita de sus hijos y nietos. El pequeño Pau quería ser futbolista y María enfermera. En una entrada comprometida, muy cerca de la portería construida con dos escobas, Pau chutó tan fuerte como acostumbraba a hacerlo en su colegio y la pelota rompió la maceta de la Petunia. El juego se detuvo y abandonaron el patio con disimulo. No dijeron nada ni nadie advirtió lo sucedido; cuando todos se fueron, la abuela muy cansada se acostó pronto.

El Ficus estaba desolado, por mucho que alargara sus ramas, no podía sostenerla, no podía aunque lo intentó toda la noche.

Lunes, día de mercado, la abuela no madruga, pero tiene que recoger su encargo de verduras y pescado. Al mediodía y después de limpiar el Lenguado, se asoma al patio, que ahora se le antoja triste sin las joviales risas de sus nietos. Todo está en calma, todo en su sitio excepto una de sus macetas. La bolsa de basura está llena de hojas de lechuga, peladuras de patata y restos de pescado, pero todavía hay sitio para una Petunia agonizante.

Una semana después sus hijos le llaman de nuevo, conversan sobre cuestiones intranscendentes, pero uno de ellos nota algo en la voz de la anciana, ella accede ha explicarlo. Todavía no sabe como ni porqué pero la mejor planta de su patio, el Ficus se ha enfermado y se muere. No reaccionó al agua ni a los abonos ni a ningún otro cuidado, simplemente no había nada que pudiera hacer.

Su hijo le promete que el próximo domingo le traerá un nuevo Ficus, uno joven y robusto, más saludable, no tiene de qué preocuparse…, seguramente que también le agradará ver a Pau vestido con el uniforme de su equipo de fútbol preferido, el niño está deseando enseñárselo. Mientras tanto, todas las plantas del patio han tomado una decisión, primero fueron las Clivias y las Hortensias, luego les siguieron las demás; esa tarde de primavera, todas ellas se secaron y renunciaron a sus hojas. Remolinos de aire las doblegan hasta partir sus tallos quebradizos, todo ofrece el aspecto de una cripta marchita y oscura. Esa tarde el sol se llena de nubarrones y la abuela le pide a su nieto que en lugar de la planta le compre unas zapatillas.

Pau creció y perdió su interés por el fútbol; la abuela se hacía mayor y temía llegar al final de sus días sin saber lo que les había ocurrido a sus queridas plantas. Un buen día de otoño, el viento empujó a dos semillas voladoras, no se conocían ni habían coincidido antes, pero ambas cayeron en el patio y germinaron junto a macetas vacías y regaderas oxidadas.

El nuevo Ficus y la nueva Petunia fueron la respuesta, esa misma tarde un vehículo se detuvo delante de la casa, era la furgoneta de un invernadero con nombre de flor. De nuevo el patio se llenó de vida, colores y fragancias, parecía que todo revivía, aunque ella ahora ya era bisabuela.

98 años en la vida de una anciana es mucho tiempo, nunca les pidió nada a sus hijos, pero esta vez, rodeada de sus nietos y biznietos les pidió antes de la última fotografía, una sola cosa..., que ninguno de los pequeños volviera a jugar en su patio a la pelota y que cuando ella no estuviese, jamás dejaran de cuidar a su ficus y a su petunia, sobre todo a ellos, porque fueron ellos los que le enseñaron el significado de la esperanza.

Geranios

Casa de Louis Van Gaal copia/
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